Cómo se vive
La gente dejó de preguntar. Volviste a trabajar, a hacer las compras, a contestar mensajes. Pero seguís sin borrar su número. En la mesa del domingo hay una silla que nadie nombra.
Una separación tiene sus propias escenas. Te descubrís pensando qué le contarías de tu día, durmiendo todavía de tu lado de la cama, o armando de nuevo una rutina para uno. A veces la otra persona sigue ahí, en los chicos, en los amigos en común, en una historia de Instagram, y eso hace todo más difícil.
Hay pérdidas que no siempre se reconocen como duelo:
- un trabajo que se terminó;
- una mudanza o una migración;
- una amistad que se cortó;
- un embarazo que no llegó;
- la salud o el cuerpo que ya no responden igual;
- la muerte de una mascota;
- los hijos que se van de casa.
Que nadie haya muerto no le quita peso. Y como nadie te da el pésame, muchas veces se atraviesan solos.
A veces pasa de golpe: una canción en el súper, una camioneta igual a la suya, el olor de una casa. Otras veces no pasa nada, y eso también inquieta.
Y alrededor, frases que no ayudan: «ya tendrías que estar mejor», «tenés que seguir adelante», «por lo menos…».
Qué suele haber detrás
Toda pérdida importante pide un trabajo de duelo: no solo se pierde a alguien o algo, también la persona que eras ahí, la rutina que tenías y el futuro que imaginabas. El duelo no sigue etapas en orden ni tiene fecha de vencimiento.
A veces el duelo se traba. Se congela en un punto, se posterga porque había que sostener a otros, o despierta pérdidas anteriores que nunca se terminaron de llorar.
Un duelo no se destraba apurándolo ni haciéndose el fuerte. Hace falta un lugar donde decir lo que todavía duele, y conviene no atravesarlo solo.

