Cómo se vive
Te sacás diez fotos para subir una, y después la borrás. Te cambiás tres veces antes de salir y terminás con lo de siempre. Este verano tampoco fuiste a la pileta.
Si alguien te dice que algo te salió bien, pensás que lo dice por compromiso. En el espejo te decís cosas que no le dirías a nadie, y mirando historias de Instagram te comparás con gente que ni conocés.
A veces esa mirada termina en el plato. Comés parado frente a la heladera abierta, rápido, casi sin sentir el gusto, y la culpa llega antes del último bocado. En un cumpleaños estás más pendiente de la mesa que de la gente. Y siempre vuelve la promesa: el lunes empiezo.
Qué suele haber detrás
Muchas veces, esa mirada se aprendió en algún lado. Un comentario en la mesa familiar que se repitió durante años, el apodo del colegio, la comparación con un hermano, un vínculo en el que nada alcanzaba. Con el tiempo, esa voz de afuera se volvió tuya.
Y la comida casi nunca es solo comida. Calma después de un día difícil, acompaña cuando no hay nadie, premia, castiga. Por eso «quererse más» no suele funcionar como consejo, y las dietas, por sí solas, suelen fallar: atienden la superficie y dejan de lado de dónde viene todo.
Esa voz no cambia repitiendo frases positivas ni empezando otra dieta. Hace falta entender de dónde viene en tu caso, y conviene no hacerlo solo.

