Manuel Rosendo FernándezLic. en PsicologíaM.P. 48254
Paisaje al atardecer visto desde un auto en movimiento, con el pasto barrido por la velocidad
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Te cuesta parar. Sentís que deberías estar haciendo algo todo el tiempo.

Autoexigencia, estrés y burnout

Cómo se vive

Contestás un mail a las once de la noche porque total es rápido. Decís que sí antes de terminar de escuchar la pregunta. Tachás tres cosas de la lista y aparecen cinco.

Un martes a la noche te sentás a mirar una serie y a los diez minutos ya estás pensando en lo que dejaste sin hacer. Si te tomás un respiro, aparece la culpa. Y en las vacaciones, justo cuando aflojás, te enfermás.

No pasa solo en el trabajo. Está en la madre o el padre que siente que nunca alcanza, en quien cuida a un familiar enfermo y no se da permiso para estar cansado, en el estudiante que vive cada examen como una prueba de quién es, en el emprendedor para quien todo tiempo libre es plata que pierde. Y también en el ocio: el gimnasio que se vuelve otra obligación, las vacaciones planificadas como un proyecto.

El cuerpo avisa antes: la contractura que no se va, el dolor de cabeza de los viernes, el insomnio de los domingos. Y en algún momento llega un cansancio que no se arregla durmiendo, la sensación de hacer todo en automático y de no estar del todo en ningún lado.

Estrés, autoexigencia y burnout

Están relacionados, pero no son lo mismo:

  • El estrés es la respuesta a una demanda: un pico de trabajo, una mudanza, una época difícil. Cuando la demanda baja, suele bajar.
  • La autoexigencia es la voz de adentro que pide más aunque afuera nadie lo pida. No se apaga cuando termina la semana.
  • El burnout, o síndrome de desgaste profesional, es lo que puede aparecer cuando esa exigencia se sostiene durante mucho tiempo, sobre todo en el trabajo. Se reconoce por tres cosas: un agotamiento que no se recupera descansando, una distancia o cinismo con lo que hacés («ya no me importa», «me da todo igual») y la sensación de no rendir, aunque sigas haciendo lo mismo de siempre.

Se lo ve mucho en profesiones de cuidado, como salud o docencia, en trabajos con mucha responsabilidad y poco control, y en quienes trabajan desde casa sin horario de cierre.

Bajar un cambio no se consigue con una semana de vacaciones ni con otra lista de pendientes. Hace falta entender qué te empuja a no parar, y conviene no hacerlo soloSí, ya sé: preferís arreglártelas solo. Justamente por eso..

Un proceso que se construye entre dos

Lic. Manuel Rosendo Fernández, psicólogo

Cada persona llega con una historia distinta y una forma particular de afrontar la vida. Por eso no creo en un acompañamiento que obligue a todos a seguir el mismo camino.

Partimos de lo que hoy te preocupa, pero también de aquello que quizás todavía no pudo ser pensado o dicho.

Lic. Manuel Rosendo FernándezMat. 48254

Para que hablar no sea solo un desahogo, sino la oportunidad de hacer algo distinto con eso.

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Qué suele haber detrás

La exigencia suele tener historia. En algún momento, sacarse buenas notas, no dar problemas o ser el que resolvía todo fue la manera de ganarse un lugar, de evitar un conflicto o de sentirse a salvo. Funcionó, y por eso cuesta tanto soltarla.

El problema es que esa voz no distingue entre un informe para el jueves y la torta para el cumpleaños del sábado. Todo pesa lo mismo, todo es urgente y nada alcanza.

Cómo lo trabajamos

Bajar el ritmo es parte, pero no alcanza con que alguien te diga que te tomes las cosas con calma. Vamos a mirar tu semana real: dónde se te va el tiempo, a qué decís que sí sin pensarlo, qué señales del cuerpo venís pasando por alto. Y vamos a ensayar cosas concretas, como decir que no en una situación puntual o dejar algo sin terminar a propósito, para ver qué pasa.

En paralelo, buscamos de dónde viene esa voz: a quién le seguís rindiendo examen, qué temés que pase si aflojás un poco. Muchas veces, cuando eso se entiende, la exigencia empieza a ceder.

Si ya estás en burnout, a veces hace falta algo más que reorganizar la agenda: una licencia, un cambio de puesto o de condiciones, o una evaluación médica. No te voy a decir que dejes tu trabajo, pero sí podemos pensar con claridad qué es negociable y qué no.

Si te tomás un respiro, aparece la culpa. Hasta frenar se volvió una tarea pendiente.

Quizás sea momento de consultar si…

  • el cansancio no mejora ni después de un fin de semana largo, o las vacaciones ya no alcanzan.
  • te sentís culpable cuando descansás.
  • te irritás por cosas chicas o empezaste a hacer tu trabajo en automático.
  • la gente que querés te dice que nunca estás del todo.
  • el cuerpo empezó a mostrar síntomas que antes no tenías.
  • cada vez necesitás más algo para desconectar: una copa, el celular, una pastilla para dormir.

Importante: si los síntomas físicos se sostienen en el tiempo, conviene hacer también un control médico. Si estás en una situación de urgencia, llamá al 112 o acercate a urgencias.

Preguntas frecuentes

No puedo descansar sin sentir culpa

Cuando el valor propio quedó atado a lo que producís, frenar se siente como estar fallando. La culpa no aparece porque descansar esté mal, sino porque esa voz interna lo vive como una falta. No se resuelve con permiso para descansar: hay que entender de dónde viene esa voz y qué temés que pase si aflojás.

Siento que nunca hago lo suficiente

Es una de las marcas más claras de la autoexigencia: la vara se corre cada vez que la alcanzás. Lo logrado no se registra, y lo pendiente pesa el doble. En las sesiones miramos cómo se fijó esa vara y a quién le estás rindiendo examen, porque muchas veces la exigencia tiene un destinatario que ya no está mirando.

Estoy agotado pero no puedo frenar

A veces seguir es la única forma conocida de sostenerse: si parás, aparece todo lo que la actividad tapaba. Por eso el cansancio no alcanza para frenar. Empezamos por lo concreto, como recuperar algún descanso real, y en paralelo vemos qué aparece cuando la actividad baja.

No puedo dejar de pensar en el trabajo, ni siquiera el fin de semana

Cuando el trabajo ocupa la cabeza fuera del horario, la desconexión ya no depende de la voluntad. Vale la pena mirar qué se juega ahí: el miedo a fallar, a quedar mal, a que algo se te escape. Entender eso suele aflojar más que cualquier regla de «no mirar el mail».

¿Cómo sé si estoy llegando al burnout?

Algunas señales: un cansancio que no mejora ni con descanso, distancia o cinismo con el trabajo, la sensación de no rendir como antes y el cuerpo avisando con síntomas nuevos. Si te reconocés en varias, no esperes a que se vuelva insostenible: es más fácil trabajarlo a tiempo.

¿La autoexigencia puede causar ansiedad?

Sí, van muy juntas. Una exigencia constante mantiene al cuerpo en estado de alerta, y esa alerta, sostenida en el tiempo, se vive como ansiedad: insomnio, tensión, preocupación que no se apaga. Por eso muchas veces se trabajan juntas.

¿Cuál es la diferencia entre estrés y burnout?

El estrés es una respuesta a una demanda puntual y suele ceder cuando la demanda baja. El burnout aparece después de mucho tiempo de exigencia sostenida: el cansancio ya no se recupera, aparece una distancia con lo que hacés y la sensación de no rendir. Si sentís que descansar ya no te recupera, vale la pena consultar.

Me cuesta delegar y siento que si no lo hago yo, sale mal

Es una de las caras más comunes de la autoexigencia. Muchas veces no tiene que ver con los demás, sino con lo que se juega para vos si algo sale imperfecto. Trabajamos en situaciones concretas y en esa idea de fondo.

¿Qué es el burnout?

Es el agotamiento que resulta de una sobrecarga laboral sostenida en el tiempo. Se nota en un cansancio que no se va, en una distancia creciente con el trabajo, como si ya nada te importara demasiado, y en la sensación de no rendir como antes. No es falta de voluntad ni de capacidad.

¿Tengo que dejar mi trabajo?

No necesariamente. Muchas veces se pueden cambiar cosas sin decisiones drásticas. Y si en algún momento pensás en un cambio, la idea es que puedas tomarlo con claridad y no un lunes a la mañana desde el agotamiento.

Modalidades

Modalidades de atención

Sesiones de 50 minutos, habitualmente semanales.

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