Cómo se vive
Dormiste nueve horas y te levantás cansado. La ducha se volvió un trámite. Los mensajes se acumulan sin contestar, no porque no te importen, sino porque responder pide una energía que no está.
Dejaste de poner música. La serie que te encantaba la abandonaste en el tercer capítulo. En una reunión te reís y participás, y en el auto, de vuelta, se te cae la cara.
No es que estés triste todo el tiempo. Es más bien como si alguien le hubiera bajado el volumen a todo.
Desánimo o depresión
No es lo mismo. El desánimo suele ser un estado: algo se apagó, cuesta más de lo habitual, pero hay días mejores, cosas que todavía te mueven y una rutina que, con esfuerzo, se sostiene. Muchas veces tiene que ver con un momento de la vida, una pérdida o un desgaste largo.
En la depresión, ese apagamiento se instala y ocupa casi todo. Dura semanas o meses y cambia cosas concretas:
- el sueño;
- el apetito;
- la energía;
- la concentración;
- las ganas de ver gente.
Aparecen una culpa o una sensación de no valer que no se corresponden con lo que pasa, y lo que antes daba placer deja de darlo.
Entre uno y otro no hay una línea exacta, y no hace falta tener un diagnóstico para consultar. Lo importante es no esperar a que se profundice.
Qué suele haber detrás
El desánimo no es pereza ni falta de voluntad, aunque desde adentro se sienta así y alrededor alguien te diga «ponele onda». No siempre llega haciendo ruido: a veces se instala de a poco, después de una pérdida, de un período largo de exigencia o de años de postergar lo propio.
Muchas veces, lo que se apagó tiene un motivo que todavía no tiene nombre. Y mientras no se nombra, sigue apagando.
Ponerle nombre no se logra con fuerza de voluntad ni con frases de ánimo. Hace falta mirar qué se apagó en tu caso, y conviene no hacerlo solo.

